Editorial
The Crown
Por Ignacio Fidanza
Kirchner vuelve y ofrece un espectáculo del poder que no habla pero se manifiesta con intervenciones decisivas

Si el gobierno de Macri sucumbió en la confusión estructural de creerse en los sofisticados salones de House of Cards, cuando vivía el asedio caótico incansable de Vikingos ; el tiempo que inicia remite a The Crown, la idea de una reina omnipresente, que pulsa con dedos de acero los nervios centrales del poder.

Sin embargo, la excepcionalidad argentina le imprime a la trama un giro apasionante. No estamos ante una monarquía constitucional con herencia por sangre del poder, lo que presenciamos es el despliegue estratégico de una líder política con votos, que parece jugar un ajedrez de cuatro dimensiones, mientras sus rivales-aliados se enredan en las alternativas limitadas de la casita robada. Siendo generoso.

Y así como nadie puede invocar en derecho la propia torpeza como defensa, tampoco en política es práctico quejarse de la superioridad del rival. Es el juego último de las pulsiones humanas por la posesión del saber, o si se quiere, la ambición de dominio. Las reglas del juego, en una democracia, son tan laxas como los textos constitucionales. Hacia adentro, es un vale todo extremo, donde ni siquiera existe una balanza que discrimine categorías por el peso de los rivales.

Alberto pasó las largas semanas de transición anclado en el intento de construir un liderazgo regional, que en esencia no superó el plano de la retórica, mientras la otra pieza central del dispositivo de poder que se configura ante nuestros ojos, lo usaba para una actividad letal: Pensar.

Alberto pasó las largas semanas de transición concentrado en desplegar un protagonismo personal, anclado en el intento de construir un liderazgo regional desde una suerte de centroizquierda frenteamplista. El inconveniente de esa búsqueda de densidad política, que fue en esencia un ejercicio de retórica, es que demoró el abordaje del núcleo de su desafío político: la construcción de un equipo de gobierno sólido y un plan coherente que le permita a la Argentina salir del laberinto económico. Y asociado a ese movimiento, el primer paso de legitimación interna de su liderazgo.

Perdió tiempo, mientras la otra pieza central del dispositivo de poder que se está configurando ante nuestros ojos, lo usaba para una actividad letal: Pensar.

[El Quinto Peronismo]

Cristina volvió de Cuba y le bastó un movimiento para explicarle al país y el mundo quien concentra las decisiones últimas en la Argentina, que es muy parecido a decir quien tiene el poder. Convocó al presidente electo a su domicilio particular y junto a su hijo y Wado de Pedro, sometió a revisión el gabinete. Desde la gestualidad del poder la imagen remite a las cumbres que se dan en las democracias europeas, cuando el jefe de Estado recibe al primer ministro, para formar gobierno.

El problema evidente es que no estamos en Europa. No tenemos una macroeconomía ordenada a la fuerza desde afuera, ni una red institucional supranacional. Tenemos la libertad y el riesgo. Y una fragilidad social heredada que somete a este quinto peronismo a una nueva travesía sobre el hielo delgado.

Cristina veta, le inventan vetos, y designa. Cubre posiciones sin voracidad, pero se intuye un cálculo, un diseño cuidadoso, un mundo de tableros superpuestos que cruzan dispositivos críticos del poder.

Alberto expande su presencia mediática y cubre capas de entrevistas con nuevas capas de entrevistas. Declaraciones con declaraciones. Ensaya la construcción de un lego propio con los sindicatos más tradicionales de la CGT, los gobernadores menos kirchneristas, los medios más reactivos a la ex presidenta. Es el yang de un ying que descubrió el placer de alternar largos silencios con apariciones decisivas. Que se concentra. Que trasluce cierto disfrute en el arte de administrar las fuerzas y elegir no la batalla, sino aún más decisivo, el campo de batalla.

¿Puede funcionar? Es la única pregunta importante. A esta altura de la decadencia argentina a nadie le importa realmente quien manda o incluso, quien tiene razón. Esos son dilemas de la década del noventa, cuando había un modelo que desplegaba un poder arrollador, un rumbo que parecía inevitable, y al mismo tiempo que excluía, ofrecía un marco que permitía el juego de la impugnación ética. Hoy estamos muy por debajo de esos márgenes de "normalidad". Sin moneda es muy difícil organizar a una sociedad. Acaso por ahí debería empezar la reconstrucción.