Economía
Los rojos no contestan los correos
Por Juan Torres
Odian todo aquello que huela a empresario, no hay manera de contactar con ellos.

Hace unos años, a los pocos meses de que Manuela Carmena se alzara con la alcaldía del Ayuntamiento de Madrid, una asociación empresarial de cierta relevancia se puso en contacto con un amigo mío que por aquel entonces empezaba a desempeñarse en la procelosa actividad del lobismo.

-Tenemos un problema -le dijeron-. Necesitamos ponernos en contacto con la Concejalía de Equis, y no hay forma. Hemos enviado un montón de correos y nadie nos contesta. Ya sabes cómo son estos rojos: en cuanto huelen a empresarios, no quieren saber nada... Con los sindicatos y las oenegés están todos los días hablando e intercambiando papeles, pero con nosotros no hay forma.

Mi amigo se sentó con aquella asociación. En efecto, el nuevo equipo de gobierno había anunciado la regulación de un asunto concreto que los afectaba y ellos querían ser escuchados porque, estaban convencidos, tenían ideas sensatas que aportar.

Mi amigo los escuchó, vio los papeles, le pareció todo bien armado y sensato, de manera que fijó unos honorarios -que le regatearon, como siempre-, y aceptó el encargo. Con todo ya en marcha, hizo la pregunta crucial:

-¿Adónde habéis escrito? ¿A quién? ¿Me podéis pasar esos correos, por favor?

El interlocutor de mi amigo no supo responder con precisión.

-No sé -le dijo-. Ha sido el administrativo de la asociación el que ha estado en ello. Le pregunto y te digo...

Le dijeron: habían escrito, insistentemente y con perseverancia, a un correo genérico del tipo info@ayuntamientodemadrid.es, o cosa parecida, esas direcciones electrónicas de las que están llenas todas las webs institucionales y que cualquiera que haya cursado segundo de primaria sabe que no lee nadie. Mi amigo no hizo ningún comentario: agradeció la información, buscó en la web del Ayuntamiento, telefoneó a la secretaría de aquella delegación, donde lo atendieron con exquisita amabilidad, y cerró un encuentro con la concejala de manera casi inmediata porque ella también tenía interés en sentarse con la patronal de aquel sector.

El resto de la historia tiene menos interés: todo se resolvió a plena satisfacción de ambas partes, mi amigo consiguió impresionar a sus clientes por su capacidad de llegada a los centros neurálgicos del poder municipal y la asociación lo mantuvo trabajando para ellos una buena temporada aunque, por desgracia, según me fue contando, no logró otro milagro como aquel y sus clientes, poco a poco, lo fueron viendo como un vulgar mortal al que, finalmente, terminaron despachando por falta de utilidad.

Cuando leo artículos sobre los lobbies, sobre los grupos de presión, sobre sus peligrosas actividades, me acuerdo siempre de esta historia, no muy épica, desde luego, pero real como la vida misma.

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