Opinión
Endesa, ZP y los lobis
Por Juan Torres
Más de quince años de la triple OPA sobre la eléctrica.

Recientemente se han cumplido quince años de uno de los grandes sucesos económicos y empresariales acaecidos en la España contemporánea. Me refiero a la OPA que el 5 de septiembre de 2005 lanzó Gas Natural sobre Endesa y que desencadenó un frenético torrencial de actuaciones que finalizó tres años después, cuando la empresa eléctrica terminó en manos de los italianos de Enel.

Supongo que la mayoría de ustedes se acuerda porque entonces las series no tenían el tirón actual y seguir las tres temporadas de la OPA de Endesa era como un Succession de andar por casa. Si no habían nacido todavía, o eran muy pequeños, o vivían expatriados en la Polinesia sin transistor a mano, les resumo en siete líneas: Endesa, la gran eléctrica del momento junto a Iberdrola, recibió una oferta de compra poco amistosa y a precio de saldo por parte de Gas Natural. Como el principal accionista de esta era La Caixa y el ministro de Industria se llamaba José Montilla, futuro presidente de la Generalidad y primer secretario del PSC al que la entidad bancaria había condonado un pico de millones, hubo malpensados que vieron en esta actuación un cierto interés del gobierno de Zapatero por la operación. Ya digo: malpensados

El presidente de Endesa, Manuel Pizarro, dijo que nones, que la oferta era una miseria y las maneras poco educadas, y en estas que aterrizaron los alemanes de E.ON lanzando una contraopa, esta sí, mucho más sabrosa. Lo de que la principal eléctrica española cayera en manos extranjeras (porque esto de la Unión Europea es así: nos queremos mucho cuando se trata de recibir fondos comunitarios, pero las fronteras nacionales siguen estando muy presentes) lo vio fatal el gobierno y se lanzó de lleno a defender la españolidad de la compañía. Tan de lleno que una tercera OPA y algunas maniobras sorprendentes terminaron entregando Endesa a la italiana Enel en una de las operaciones más chuscas, delirantes y desvergonzadas que se hayan urdido recientemente en nuestro suelo patrio.

Como yo no estoy aquí para ponerles las cosas fáciles, les animo a que busquen los detalles en otros sitios. Por ejemplo, en este excelente reportaje que Enrique Utrera firmó con motivo del quinto aniversario: una de las mejores síntesis que he leído sobre el suceso.

"Durante aquellos frenéticos tres años el ejército de lobistas fue incontable"

A mí, para lo que me sirve el recordatorio es para hablar de lobbies. Por aquel entonces en España no se hablaba de ellos. Ni siquiera de Asuntos Públicos. A lo sumo alguien, en alguna tarjeta (todos usábamos tarjetas: qué antiguos) incluía el concepto de "relaciones institucionales", aunque con cautela. Pero lo cierto es que durante aquellos frenéticos tres años el ejército de lobistas que trabajaba para la causa -no importa para qué causa- fue incontable. Agencias de comunicación hubo unas cuantas, dedicadas a calentar la oreja de periodistas, opinadores, columnistas o señoras que pasaban por allí. Publicidad y marketing también hubo, aunque menos. Pero si nos ponemos a contar despachos de abogados, abogados sin despacho, despachos sin abogados, consultores de toda laya y condición y así por ahí derecho se nos terminarían los bits. Ni siquiera los que trabajaban para un bando se conocían entre sí porque, por ejemplo, un departamento de E.ON contrataba un equipo de asesores al margen de los que hubiera determinado la dirección de Comunicación -que teóricamente pilotaba aquello con mano de hierro-, de modo que un periodista recibía varios inputs no exactamente coincidentes procedentes de la misma firma.

Luego estaba el palco del Bernabéu, claro, y sitios así -en el Palace a veces se apelotonaban los unos y los otros-, en los que, como entonces no había que llevar mascarilla ni guardar distancias de seguridad, todos se entrelazaban en un maremágnum del que todavía nadie ha podido dar cuenta detallada.

¿Se hacía lobby entonces y en aquel asunto? Ahora que hemos mencionado el fútbol de pasada, aquello era como un partido reglamentario que de pronto se convierte en un gol regañao donde se trataba de introducir el balón en la portería: cualquier balón en cualquier portería. Se hacía lobby, claro, aunque nadie lo llamara así, y el primero que lo hacía era el gobierno, empeñado, al principio, en hacer el juego a Gas Natural y, luego, cuando vio que eso no era posible, en liquidar a los alemanes al precio que fuera. Sería interesante escuchar al entonces poderoso jefe de la Oficina Económica del Gobierno y luego ministro de Industria, Miguel Sebastián -excelente analista, ahora, de la actualidad pandémica-, explicar qué movimientos hizo, que alianzas forjó y qué zancadillas puso en esta historia. El presidente de E.ON, Wulf Bernotat, visitó La Moncloa algunas veces y salió de ella cada vez más espantado. Incluso el director general de la Casa de América intervino ante uno de los infinitos asesores de E.ON, amigo suyo, para explicarle que estaba en el error y que por aquel camino se llegaba al precipicio.

Aquel caos terminó como terminan estas cosas en las que hay gente viajada y con dinero: en un campo de golf. Alguien propuso al presidente de Acciona una operación brillante: pedir prestado el dinero para lanzar una tercera opa, quedarse con la compañía y revenderla, cuatro días después como quien dice, a los máximos competidores de E.On: la compañía pública Enel. Es decir, el patriota gobierno español de Rodríguez Zapatero no tuvo inconveniente en que la operación se cerrara con la venta de Endesa al gobierno italiano, a quien le faltó tiempo, por cierto, para desmantelar la compañía y trocearla.

No hubo lobbies en aquella operación: hubo gobiernos intervencionistas y grandes empresarios dados al enredo. Hubo opacidad. Hubo trampas. Lo de casi siempre cuando las actividades no están reguladas.

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Gran asunto... la Oficina Económica, las secretas reuniones con Taguas, los espionajes a Pizarro, la OPereta de Gas Natural y aquel arrebato seminal de Gabarró...
La pena es que la mejor empresa española acabó en manos de una pública italiana. Nadie estuvo a la altura ahí.