Opinión
El Titanic
Por Marta Martín Llaguno
El 31 de mayo a las 12.12 horas se cumplirán 110 años de la botadura del casco del Titanic

Mucho se ha escrito desde que el trasatlántico zarpó (en abril de 1912 desde Queenstown -Irlanda- hasta Nueva York), pero poco se ha divulgado que el barco venía ya gafado en origen.

En efecto, dos días después de que se anunciara que el crucero partiría el 20 de marzo de 1912, su buque "hermano", el Olympic, chocó contra una embarcación de guerra. El Titanic tuvo que cederle su espacio en el astillero de Belfast. Fue retirado a dique seco y su salida se retrasó. Nadie sabe lo que habría pasado si hubiera zarpado a tiempo.

La mayoría conocemos por libros, documentales y cine la historia. El Titanic, "La reina del océano", como se publicitó, navegó con tranquilidad... los dos primeros días. En ese tiempo, los pasajeros privilegiados y la parte selecta de la tripulación, incluido el capitán Smith, pudieron lucirse y hacer buena ostentación de su posición.

Tan ufano estaba Smith que, animado por su asesor de cabecera, Ismay (el presidente a bordo de la compañía) decidió marchar a máxima velocidad. Los dos, capitán y asesor, querían marcarse el mejor tiempo en su viaje para pasar a la historia. Y pasaron. Vaya que si pasaron.

El tercer día empezaron a llegar informes de alarma avisándoles de la presencia de bloques de hielo en la ruta. Uno tras otro...hasta doce. Los decidieron ignorar. Nadie ni nada, por muy grave que fuera, les iba a estropear su travesía de arrogancia.

El resto es bien conocido.

El 14 de abril el capitán, retirado a descansar, pese a conocer las alertas, había dejado a sus oficiales a cargo del barco. A media noche, un vigía avisó con la campana de un iceberg brutal a menos de medio kilómetro. El oficial que había en el puente de mando, viendo la que caía encima, hizo una maniobra que evitó el primer choque frontal. Sin embargo, al girar, el bloque de hielo abrió una grieta y dejó al Titanic sentenciado a muerte, mientras el capitán (calentito en su camarote) ni se enteraba.

Cuando, por fin, este se levantó, sólo se le ocurrió cerrar todos los compartimentos estancos y encomiar a los oficiales a que prepararan el abandono del barco (eso sí, sin crear pánico ni transmitir mucha verdad, porque él ya sabía que muchos pasajeros iban a morir).

A la historia ha pasado también la orquesta (que tocó impasible mientras el barco se iba a pique y la gente pedía auxilio) como símbolo de la ineficacia de las quimeras para la ocultación de la realidad.

El Titanic, que se quiso vender como "el buque más seguro de la historia", ha pasado a los anales como símbolo de los estragos de la soberbia del hombre.

Soberbia, incompetencia y escapismo es una combinación que siempre acaban mal.

Dicen que somos la única especie que tropieza dos veces con la misma piedra. Viendo lo que está pasando estas semanas con los datos de la COVID, no puedo evitar la analogía.

El barco es España,

el iceberg, la pandemia,

los telegrafistas que alertaron sin éxito son los científicos, sanitarios (y también estamos algunas fuerzas políticas),

los vigías que están viendo la tragedia llegar, son los consejeros autonómicos,

los oficiales, Illa y Simón,

la orquesta, la comunicación institucional y algunos tertulianos de corte,

Ismay, el presidente de a bordo, Redondo,

y, por último, Sánchez, el capitán (aunque, en este caso, no tengo ninguna fe en que sea, como Smith, el último en saltar).

¿Seremos capaces esta vez de reinventar la historia?

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