Opinión
España: Un cambio de puntada e hilo

Los que hemos vivido desde la barrera la transición política y económica de España sabemos bien que las ganancias en productividad se han realizado por la capacidad de los españoles para superarse y pedir poco a cambio por haber soportado rémoras dañinas del pasado. No se trata de política, ni de unos ni de otros, ni de los buenos ni de los malos. Se trata de evaluar la realidad de una sociedad que vive en pleno siglo XXI y que exige eficiencia en el uso de los recursos de un país para mantener unos logros de bienestar social que cada vez más se consideran derechos propios de cualquier ciudadano nada más nacer.

No es cuestión de poner en tela de juicio a la clase política, pues desde hace tiempo su función como elemento de estabilidad y liderazgo ha caído en el descrédito por no tener buena reputación y ha menguado su utilidad pues no parece que resuelvan problemas. Se trata de chequear qué aspectos de nuestra sociedad habría que mejorar para ser capaces de adentrarnos en un nuevo modelo de desarrollo económico y social que sea compatible con buena parte de las peticiones expuestas en nuestra carta anual a los Reyes Magos.

Desde 2008, las opciones para salvar nuestra concepción del modelo de sociedad han dependido de una política monetaria y fiscal que por principio se anunció excepcional y temporal y nunca permanente. No obstante, la realidad es que las medidas artificiales de apoyo económico se han mantenido de forma permanente, ahondando en el endeudamiento de los países y empresas, generando actitudes zombis de aceptación del entorno e impulsando un desequilibrio claramente mayor entre los grupos favorecidos y los desfavorecidos económica y socialmente hablando.

Desde 2008, las opciones para salvar nuestra sociedad han dependido de una política monetaria y fiscal que se anunció excepcional y temporal

No se trata de acudir a los viejos planteamientos del siglo XIX y XX con la lucha de clases y el capitalismo. En el siglo XXI el conflicto se produce entre los que están dentro del sistema y los que no lo están. Parece ser que la creación de dinero desde la nada y el endeudamiento masivo constituye un nuevo paradigma que nos va a impulsar hacia una nueva etapa de desarrollo económico.

No sé a cuantos ciudadanos les parece bien este planteamiento, sin embargo, sí sé que la probabilidad de que estas políticas sean más aceptadas entre los sectores dependientes del Estado es mucho más elevada que entre los sectores más dependientes de sí mismos para generar riqueza y avanzar en el desarrollo. En cierto modo, es normal esta situación, pues quien ve continuidad en su entorno social y económico tiene menos opciones de detectar las grietas que el modelo pueda sufrir. De hecho, podríamos considerar que la divergencia de opiniones se produce entre los que están dentro del sistema y entre los que no están. Es un planteamiento clásico entre los insiders y outsiders, en el que los primeros luchan por mantener su situación y los segundos comienzan a vivir una vida paralela alejada de la realidad de los primeros.

Es muy probable que las políticas monetarias y fiscales tan redundantes en su empeño por impulsar la economía, estén realmente engordando este grupo de desfavorecidos o "outsiders". Es también muy probable que los dependientes del sector público ya sean funcionarios o clases pasivas y las grandes empresas, empleados y empresas de menor tamaño dependientes de estas, no tengan excesiva queja por más de diez años continuados de desplazamiento de la riqueza del país. Sin embargo, el resto sí que está sufriendo las consecuencias.

Esta situación tiene dos implicaciones: La primera es que el tejido de origen de los países está desapareciendo. La segunda es que, precisamente, en estos sectores es dónde se fundamenta la riqueza de los países. Si no se entiende este punto, tenemos un problema, pues puede ocurrir que los insiders sigan apretando la tuerca para mantener el entorno en el que se desarrollan y la realidad sea que no quede nada dónde rascar. De hecho, los anuncios de despidos masivos de las grandes empresas son, en efecto, la expulsión de personas y empresas que sobran del modelo de crecimiento actual.

Lamentablemente, el único medio para que estas personas sigan formando parte de los insiders es crear un tejido suficientemente sólido que pueda absorber este gran cambio. De momento, no parece que las autoridades de política económica estén en condiciones de ofrecer soluciones efectivas, quizás porque éstas requieren de mucha creatividad e innovación empresarial, cualidad que, dadas las circunstancias, carecen por falta de experiencia. 

O incorporamos a las empresas y personas más desfavorecidas por las sucesivas crisis desde 2008, o el modelo actual será insostenible  

Esta pandemia nos obliga a crear un nuevo tejido empresarial con pico y pala, y de esto, los outsiders saben mucho. Así que, o incorporamos a las empresas y personas más desfavorecidas por las sucesivas crisis desde 2008, o éstos empezaran a seguir su camino en paralelo al primero. Pero entonces, el modelo actual será insostenible.

La situación española es mejorable sin lugar a duda. El Foro Económico Mundial elabora informes regulares tomando los datos y opiniones de personas cualificadas activas en distintos sectores a nivel mundial. De forma anual, el foro elabora un informe sobre competitividad global que clasifica la posición de 141 países con respecto a su capacidad para crear un entorno productivo. Lo relevante, no es la posición que España obtiene en el mundo, un nivel 23, puntuación obtenida tras analizar doce pilares para el desarrollo económico como la estabilidad macroeconómica, infraestructura, mercados de productos y laboral o cualificación de su población activa. Sinceramente, lo sorprendente es que después de tantos años formando parte de la Unión Europea, España sigue obteniendo notas muy deficientes en las materias que todos sabemos.

En el informe de 2019, España se puede definir como un país en el que la carga regulatoria pesa de forma desorbitada sobre los agentes económicos, con gobiernos con poca sensibilidad al cambio y con poca visión de largo plazo en sus planteamientos, ni más ni menos en el puesto 121 sobre 141 países analizados. Los efectos distorsionadores de los impuestos y subvenciones sobre la competencia son elevados, al igual que la complejidad de las tarifas implantadas en el comercio de bienes y servicios, nivel 113 sobre 141.

Pero no solo tenemos gobiernos con visión de corto plazo y lobbies de grandes empresas que dominan el Boletín Oficial del Estado, sino que también nos caracterizamos con un mercado laboral y empresarial no apto para la generación de riqueza: La legislación sobre contratación y despido se sitúa en un nivel deficiente respecto al mundo con una puntuación de 116, la movilidad laboral y el entorno de aprendizaje muy baja en el que la meritocracia y el pensamiento crítico es insuficiente. En este entorno la cultura empresarial y la actitud ante el riesgo en proyectos innovadores es bajo.

El aspecto positivo para España es que sabemos dónde tendríamos que atacar para avanzar definitivamente hacia un escenario más acorde con el siglo XXI: Cambio estructural a puntada e hilo que favorezca un gran tejido de empresas de tamaño medio, flexibles e innovadoras.

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