Opinión
Demagogia
Por Edmundo Bal
Edmundo Bal se pregunta por la insistencia de llamar al gobierno de Sánchez como "de progreso" y lo acusa de "traducirse día a día en un populismo demagógico"

Viendo este gobierno Frankenstein a menudo me he preguntado por qué insisten en llamarlo "gobierno de progreso". Porque con esa etiqueta manida empezó todo, con la pregunta que Sánchez hizo a sus bases, sobre si querían un gobierno de progreso. ¿Cómo no iban a querer? ¿Quién se resiste a caer rendido a los pies del Progreso? Pero ¿progreso hacia dónde, para qué?

Estos últimos interrogantes quedaban fuera de la pregunta a las bases, como también si en ese Gobierno entraban independentistas, nacionalistas y bilduetarras. Esta pretendida democracia que no es más que la mera confirmación de las decisiones del líder, tiene estas limitaciones. Se hacen preguntas simples, pero se eluden los debates y los matices. La pregunta fue: "¿Apoyas el acuerdo alcanzado entre el PSOE y Unidas Podemos para formar un Gobierno progresista de coalición?". Dejo al margen, claro, que fuera una pregunta que utilizaron para hacer justo lo contrario que el PSOE prometió en campaña electoral.

 Este "gobierno de progreso" se traduce día a día en un populismo demagógico, que son dos palabras que significan lo mismo 

Este "gobierno de progreso" se traduce día a día en un populismo demagógico, que son dos palabras que significan lo mismo. Es un pleonasmo o redundancia, una figura retórica que consiste en la adición de palabras que no son necesarias en una frase, pues su significado ya está explícita o implícitamente incluido en ella. El populismo es la tendencia política que pretende atraerse a las clases populares; y la demagogia es la estrategia utilizada para conseguir el poder político que consiste en apelar a prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del público para ganar apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la retórica, la desinformación, la confusión, el engaño o la mera propaganda política.

Veamos medidas del supuesto gobierno de progreso, demagógicas y populistas, que apelan al sentimentalismo más básico y eluden todo debate profundo sobre por qué, cómo, para qué y, sobre todo, quién lo va a pagar.

La subida del salario mínimo ejecutada es un claro ejemplo. Si preguntan a cualquier ciudadano de este país si le parece bien la subida del salario mínimo la respuesta generalizada será que claro que le parece bien, que cuánto más ganemos los trabajadores, mejor. Ahora bien, ¿se han preguntado los gobernantes populistas qué efectos puede producir esta subida salarial en determinados sectores de actividad, o qué efectos pueden producir sobre los costes de producción empresariales? Pues no, evidentemente no. A título de simple ejemplo, la subida salarial ha tenido un efecto inmediato sobre el sector de empleados del hogar, porque la subida salarial, y consiguiente incremento de los costes de cotización a la Seguridad Social, ha tenido el efecto inmediato de que se dispare la contratación al margen de la legalidad, con salarios pagados en B y sin cotizar a la Seguridad Social. Del mismo modo, el mismo presidente extremeño, el señor Fernández Vara, ha denunciado el incremento del paro en su comunidad autónoma en casi un 10% como consecuencia inmediata de esta subida salarial. Entre las reivindicaciones y quejas de agricultores que estamos viviendo estos días se alude, entre otros temas de queja, a la subida salarial impuesta. La subida salarial parece, por tanto, que ha tenido un efecto inmediato al menos en determinados sectores de actividad, expulsando a muchos trabajadores de la legalidad y, sobre todo, de las cotizaciones a la Seguridad Social.

 La subida salarial parece, por tanto, que ha tenido un efecto inmediato al menos en determinados sectores de actividad, expulsando a muchos trabajadores de la legalidad y, sobre todo, de las cotizaciones a la Seguridad Social 

Desde el Gobierno minimizan el efecto, algunas publicaciones cifran la pérdida de empleos en unos 45.000. Pero, desde luego, es de lógica que algún impacto habrá de tener dentro de la economía empresarial y que el Gobierno no ha hecho ningún estudio sobre esto, porque ya lo sabríamos.

"¿Quiere usted que el salario mínimo se incremente?". Yo sí quiero, y puestos a pedir, ¿por qué no 3.000 euros al mes? Porque probablemente nuestras empresas colapsarían. Y no habría nadie a quien pagarle el SMI.

Otro ejemplo de medida populista: la ‘tasa Tobin'. "¿Quiere usted que paguen más impuestos los intermediarios financieros y los bancos por las operaciones que llevan a cabo?". Sí, claro, que paguen, que paguen, que la banca siempre se aprovecha y nos roba y además a las cajas de ahorro las hemos rescatado con el dinero de todos. Ahora bien, ¿quién va a pagar esa tasa? ¿La banca? Pues no, la banca nunca pierde. Todo lo que pague lo repercutirá sobre sus clientes. Y los clientes de bancos somos todos. Nadie o prácticamente nadie puede vivir al margen de los bancos.

[En medio de la tensión con Trump, el Gobierno aplaza la tasa Google a finales de año]

Con la ‘tasa Google' pasa exactamente lo mismo, se repercutirá sobre proveedores y clientes con la agravante de que supone, además, enfrentarse al gigante norteamericano. Y asistimos al espectáculo de ver a la señora ministra de Hacienda diciendo que qué pasa, que no vamos a arrodillarnos ante los EEUU. Lo cual está muy bien, si no fuera porque ese gigante tiene la potestad de imponernos aranceles a nuestros productos, como ya ha hecho. Encima, sobre productos agrícolas, estando el campo español como está. Hoy leo una noticia que señala que la exportación de aceite de oliva a EEUU desciende un 60%, lo que supondrá empresas cerradas y trabajadores a la calle.

Gobierno sin reflexión, gobierno de banderas. Peligroso populismo. 

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