Opinión
El dinero del BCE no llega al ciudadano
Por Javier Kessler
Burbuja de activos cotizados y financiación a empresas que no la necesitan. Los presidentes de los bancos centrales reconocen que las tasas de paro son mayores que las declaradas.

El mecanismo de transmisión monetaria no parece que marche de forma correcta. Los tipos de interés bajos no se traducen en mayores proyectos de inversión productiva. Es probable que la clave esté en los riesgos de los posibles receptores, por lo que las entidades financieras optan por colocar el exceso de recursos aportados por los bancos centrales en activos financieros mobiliarios e inmobiliarios que redundan en una perpetuación de empresas que probablemente no funcionen conforme a los cánones de eficiencia esperada para la sociedad en la que se desarrollan. De esta forma, se canaliza dinero hacia aquellas empresas que poco tienen que ofrecer en los tiempos actuales. Los programas cuantitativos de expansión monetaria tropiezan continuamente con esta dificultad y, así, el escaso efecto sobre la economía real hace que sean necesarios nuevos paquetes de apoyo monetario. Podríamos decir que está década de expansión monetaria desmedida no ha conseguido que la actividad económica sea capaz de generar riqueza por sí misma.

Esta situación ha generado dos efectos poco deseables: En primer lugar, un endeudamiento masivo de gobiernos y empresas y, en segundo lugar, un crecimiento desmedido en la valoración de las acciones, bonos y activos inmobiliarios. El problema es que las autoridades han caído en una trampa tejida por ellos mismos. La intervención monetaria y fiscal se hace cada vez más necesaria y, por supuesto, es imposible prescindir de ella.

 La defensa del dinero y el endeudamiento sin límite,  para después condonar, habría sido motivo de suspenso en cualquier facultad de Economía 

La facilidad de financiación del gasto público ha incentivado más endeudamiento. En un escenario sin intervención de los bancos centrales, la carga financiera para el país emisor dependería del estado de salud de su propia economía y de las probabilidades de devolución en un futuro de los compromisos adquiridos. En la medida en que el banco central acude como parte compradora de estas emisiones, el riesgo de encontrarse con una financiación cara desaparece. En cierto modo, el juego de mercado de asignar riesgos queda inutilizada. Si los programas monetarios amplían su horizonte de intervención a empresas privadas, entonces el mecanismo de asignación de riesgos establecido por el mercado se desvanece, pues no solo los gobiernos, sino también los riesgos de las empresas privadas quedan diluidos en el famoso gas inerte o gas de la risa. Todo vale, pues no hay riesgo.

La banca comercial, en su exigencia de tener todo su balance en orden, libre de riesgos, se encuentra con el dilema de decidir si acude a las peticiones de financiación de las empresas de menor tamaño o recolocar el dinero en otro de tipo de activos poco rentables, pero más seguros para su balance. Las empresas que sí obtienen financiación son extremadamente seguras en el desarrollo de sus proyectos, pero son pocas, comparadas con la cantidad de empresas con ideas en mente capaces de generar riqueza y con ello, empleo. El destino de gran parte de los recursos monetarios al mercado financiero termina por engordar el valor de los activos financieros cotizados.

La trampa se encuentra aquí mismo. Los bancos centrales no pueden permitirse el lujo de asistir a una quiebra de los mercados cotizados, pues esta situación destaparía los riesgos verdaderos que existen en las acciones, bonos y activos inmobiliarios. Basta ver las reacciones inmediatas de los responsables de los bancos centrales y de los departamentos del tesoro de los países desarrollados para comprender el nerviosismo disimulado que genera la idea de que el público en general tome nota del problema subyacente de la denominada Teoría Monetaria Moderna.

 Debe haber gato encerrado cuando se reconoce que las estadísticas no reflejan la realidad

En otro tiempo, defender un escenario en el que se pueda monetizar sin límite, endeudarse sin límite y, en el fondo, optar a que la deuda emitida se pudiera cancelar con más monetización, era sin duda causa para un suspenso seguro en el examen de macroeconomía de la facultad. Demasiado bonito para ser verdad, demasiado bonito para que esta actuación no tuviera consecuencias entre los ciudadanos que soportan la actividad económica del país.

La cuestión es que las autoridades monetarias y fiscales fían su apuesta a una definitiva recuperación económica que muestra más debilidades de lo que cabria esperar con tanto dinero y tanto endeudamiento sobre la mesa. Cada vez que los mercados se ponen nerviosos, los bancos acuden al rescate y todo en orden. Pero, ¿hasta cuándo? Debe haber gato encerrado cuando tanto Janet Yellen como Jerome Powell reconocen que el dato de paro en realidad no es del 6% como las estadísticas sitúan, sino algo más del 10%, pues los datos no contemplan la situación de esa gente que ya no busca ni tiene ganas de seguir buscando. Y algo debe estar desajustado en las estadísticas cuando la inflación no existe excepto para quienes viven sobre el terreno de la compra diaria.

Mientras tanto los mercados financieros celebran cualquier intervención de los actores principales en defensa de los mercados cuando algo no suena bien. El destello de inflación que recientemente han publicado los organismos correspondientes en Estados Unidos y Europa ha encendido un cierto miedo entre los inversores, pero rápidamente ha sido apagado por una intervención en cadena de las autoridades monetarias y fiscales, asegurando que cualquier destello de inflación no es preocupante y que cualquier avance de las expectativas de mayores tipos de interés se encontrará con una nueva masa de dinero en contra.

Demasiada ingeniería financiera y poca economía de "dos más dos igual a cuatro". Demasiada estadística y poca lectura profunda del significado real de las variables que lo componen. Demasiada inteligencia artificial y poco pensamiento humano. 

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