El legado de Iglesias acucia a Sánchez un mes después en el conflicto con Marruecos
El Gobierno marroquí se pronuncia un día antes de la declaración del líder del Frente Polisario en la Audiencia Nacional y señala que el problema de fondo es la consideración de España hacia el Sáhara Occidental, para el que Iglesias pidió un referéndum cuando era vicepresidente

 El viernes se cumple un mes de la salida de Pablo Iglesias de la escena política sin que el dirigente haya hecho pronunciamiento alguno, más allá de la concesión de una exclusiva anunciando el fin de su icónica coleta. Y sin embargo, las polémicas del ex vicepresidente segundo siguen coleando dentro del Gobierno, y sus consecuencias aún se dejan sentir en el ámbito internacional. Su máximo exponente es el importante conflicto diplomático que viven España y Marruecos. 

La situación estalló el pasado 17 de mayo, con el asalto a la ciudad de Ceuta por parte de 10.000 marroquíes alentados por el país vecino, que animó a sus ciudadanos a poner rumbo a España con el objetivo de presionar al Ejecutivo de Pedro Sánchez, en una clara advertencia sobre la importancia de su papel en la contención de la inmigración ilegal. "Cuando Marruecos se suelte, Europa temblará", agitaban los editoriales de la prensa marroquí.  Sánchez trató de responder a este episodio con guante blanco, insistiendo en su confianza y lealtad del país vecino, que no ha hecho más que endurecer sus ataques.

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La causa más inmediata al conflicto diplomático fue la acogida en Logroño del líder del Frente Polisario,  Brahim Gali, que voló desde Argelia a España para ser atendido por coronavirus, en una acogida que desde el Ejecutivo justifican en motivos humanitarios, pero que fue ejecutada con un secretismo -se identificó en el hospital con un nombre falso- que sublevó definitivamente a Marruecos.

Sin embargo, tal como reconoció este mismo lunes el Gobierno marroquí, la razón principal fue la cuestión sobre la soberanía del Sáhara Occidental, y el conflicto lleva gestándose al menos seis meses; en el mar de fondo estaban las declaraciones que Iglesias lanzó el pasado noviembre, cuando reivindicó la celebración de un referéndum de autodeterminación para la antigua colonia española. Esta afirmación puso en un difícil papel a Pedro Sánchez, que por entonces ya acusaba el desgaste de su relación personal con Iglesias. 

Hasta ahora, los distintos presidentes de Gobierno que han pasado por Moncloa han pasado de puntillas sobre este asunto, conscientes de la importante necesidad de mantener en buena forma las relaciones bilaterales con Marruecos. El giro de Pablo Iglesias puso el foco en el presidente de Gobierno, que desde que llegó al cargo había evitado un pronunciamiento sobre este extremo. 

El brete internacional en el que Iglesias colocó a Sánchez se extiende hasta el día de hoy. Después de aquella declaración, el ala socialista del Consejo de Ministros trató de desautorizar la máxima, y la ministra de Asuntos Exteriores, Arantxa González Laya, y la de Defensa, Margarita Robles, encabezaron la ofensiva para desacreditar la posición del entonces líder morado. "La postura la marcan el presidente y la ministra de Asuntos Exteriores", defendieron los socialistas del Gobierno. El conflicto diplomático se situó en primera plana, aunque la facción morada de la coalición ya había marcado su propio perfil sobre este asunto en febrero del mismo año 2020. 

Por entonces, el secretario de Estado de Asuntos Sociales -entonces dependiente de Iglesias-, Nacho Álvarez, mantuvo una reunión con la ministra de Asuntos Sociales saharaui, Suelma Beiruk, justificado desde la Vicepresidencia Segunda del Gobierno como un acto promovido por la ONCE y en el que no se entró en cuestiones políticas. Aún así, la ministra de Exteriores recibió una llamada incómoda: su homólogo marroquí preocupado por el acercamiento entre el gobierno español y los representantes del Sáhara Occidental. Una conversación que obligó a González Laya a dejar claro públicamente que España no reconocía a la autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática y que la cuestión saharaui era "política de Estado", apartando a Unidas Podemos de cualquier decisión.

Sánchez, al frente del primer Gobierno de la historia de España con un partido abiertamente defensor de la autodeterminación del Sáhara Occidental y contrario a las relaciones con Marruecos sentado en el Consejo de Ministros, se veía obligado a tomar parte en un asunto en que ningún otro presidente español se había atrevido a entrar, dados los importantes intereses de nuestro país en mantener una buena relación con el vecino marroquí.

Sánchez continúa en su empeño de mantenerse de perfil ante este asunto, pero la presión aumenta conforme se agrava la agresividad de Marruecos. Este martes, el Gobierno marroquí definía la situación como una "grave crisis" solicitaba a través de un comunicada  obtener "una aclaración, sin ambigüedades, por parte de España de sus elecciones, sus decisiones y sus posiciones" sobre el Sáhara Occidental. Si bien ambos países habían obviado este asunto hasta hace bien poco, las declaraciones de Iglesias y el posterior respaldo de Trump a la soberanía marroquí del territorio envalentonaron al país vecino en sus aspiraciones de reconocimiento internacional. 

En su primera declaración después de este ultimátum, Sánchez ha tratado de esquivar la exigencia para evitar de nuevo un pronunciamiento sobre este punto y pasar directamente a rechazar el ataque recibido. "Si lo que se está diciendo es que ha utilizado la inmigración, es decir, el asalto a las fronteras españolas por parte de más de 10.000 marroquíes en 48 horas, por desavenencias en política exterior, a mí me parece inaceptable y por tanto rechazo esa declaración", ha sostenido el presidente español durante una rueda de prensa conjunta con el primer ministro de la República de Polonia, Mateusz Morawiecki.  

En el comunicado, el Gobierno de Marruecos se esforzaba en comparar la situación del Sáhara con la crisis de Cataluña: "No podemos luchar contra el separatismo en casa y fomentarlo en casa del vecino", señalaba Rabat, criticando que su país "no optó por la neutralidad" durante el procés, defendiendo "la integridad territorial y la unidad nacional de su vecino del norte". Una cuestión, la catalana, donde Sánchez tampoco comulgaba con Pablo Iglesias, cuyas declaraciones siguen dejando importantes consecuencias en la política de Gobierno. 

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